EL COLOR DILUíDO DEL ALMA

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Desde la ventanilla del tren, ella parecía la última golosina abandonada en un ordinario frasco de vidrio de un almacén de pueblo.

Yasunari Kawabata “ Pais de nieve”

Golpeada esta mi barca. Elevada está. Cuando las olas rasguñan sus límites, están llegan a la madera y en su coyuntura todo es tan normal. Si te lo dijera: me siento saboreado, semi deglutido pero nunca expuesto a lo infinito del mar. ¡Acelera robot! Mi sudor se confunde con algo de esta espuma; ella, amarrada a si misma  se goza en su indiferencia no-mortal, sin dolor. ¿Soy el único que tengo sentimientos en esta  embarcación?

1

Aquella noche, en el bosque de grandes rocas, ahuyenté la  desidia de mis manos que a lo sumo se vengaban de las flores y estrujaba las hierbas  como si todo: las estrellas, la tierra fuera un libro de fórmulas sin posible resolución .Tanta necesidad de adherirme a un sentido, a un contenido que acompasará mi corazón, de volver la temperatura a mis manos y sofocar las palabras en mi boca en un tono más liviano. Las manos, las uñas y en las uñas  tierra oscura. La pena que no calcula  sus intensidades destructivas tomo todo en un pequeño radio de acción. Qué sentido tendría haber  dejado en mi furia unos gusanos expuestos y una   única  flor de cantuta.

Flagelado por el silencio, zigzagueo mis paso. Soy un muerto andante gritoneado por las antorchas  de ese cielo frígido que apestaba a nada. La tierra  asolada desde siempre con la muerte, parecía sinsabor, seca. Mi sangre se había mantenido fría  y a pesar de conocer a sus verdugos. ¿Por qué  se me era indiferente rodearlos con mi navaja por el cuello y escuchar su intento  de insuflarse de algo de aire mientras la sangre se baseaba por sus esófagos y atoraban sus tráqueas? Existen personas dadas a la respuesta. Existo yo que dialogo el cual me podría atacar a mí mismo, hasta desconocer a mis manos y maravillarme cogiendo mi corazón aún caliente; como una trucha escamada de laxa indiferencia.

Y con ese silencio  miré  a lo lejos el tumulto de piernas de aquella cofradía. Congoja de niños imantados a las manos de sus madres, de ancianos llevados de la misma manera. De jóvenes, distanciados quizás por algunos pasos generacionales, entre artefactillos conectados a sus sienes que los movilizaban  torpemente en la realidad. Todos ellos llevaban  tu cuerpo empolvoriado  por químicos  que reconfortaban a las narices, susceptibles ya del hedor. Y en el aire unas naves surcando el cielo. La guerra seguía discontinuamente y una muerte, la tuya por ejemplo, era una pequeña comisura en el rostro de la gran muerte.

2

El pequeño  robot que me seguía a lo lejos, había captado mi decisión de esfumarme de la única vida que tenemos. De negarme a razonar contra lo real de la vida .Sabía su intención de actuar a cualquier amenaza contra mi cuerpo, así que apresurado me di un corte que podría decirse albergaba impacto. No era un corte, era un golpe directo a mi cuello.

En  el mismo espacio de piel que Silvia posaba su lengua mientras yo como un ciego la buscaba con mis manos, tratando de que sus brazos me permitieran darme cuenta que de sus brazos me ayudaran a darme cuenta de las dimensiones de las mías. Ese golpe de muerte  me hizo ingresar a  una realidad cinematográfica .Unir una escena en la cual veo a la pequeña copia humana dándome auxilio y conectarla inmediatamente en aquella  habitación llena de devotas y canónicas letanías. Diríase en el tiempo real unos cuantos minutos, en mi mente, largos años. EL curandero del pueblo pedía mi reposición a la realidad mientras el  pequeño robot dispersaba hojas de achicoria  encima de mi cuerpo. El curandero bisbiseaba un rezo y exigía al robot lo siguiera; este hacia mucho más claro las plegarias del anciano que había dejando su postura al verme entre abrir los ojos. Fue  a instigar las llamas haciendo del ambiente de la  habitación algo placentero. Mi cuello   aún abierto pero con ya controlada de la hemorragia me impedía mover la cabeza. El anciano quemo unas hojas de eucalipto en un pequeño recipiente, hasta hacer  cenizas fraganciosas.

Pidió al robot le ayudara a  ponerse erguido, ante la dificultad de sus piernas ya débiles. Esparció las cenizas en mi cuello aún húmedo y acomodándolas con los dedos sello la gran herida e impidiendo ya  la salida de la sangre en mínimas cantidad  de mi alma. El anciano cerro mis ojos y pidió al robot pronunciara los rezos  con mayor fuerza .Volví  a perder la conciencia, pero mi corazón  regreso a su propio ritmo. Sentía sus palpitaciones en mis labios, en mis pómulos, logré tener una erección que me perturbo un poco pues no tenían nada que ver con el sueño que iba macerando: entre bloques de roca grises autoacomodadas, estas  lograban llegar a un estado hacían líquidos frío en un espacio entre rojizo y gris. Lo aterrador no eran las formas si no el sonido ensordecedo. Goteos de las solidificaciones ya liquidas  se asemejaban a gritos de furia, de éxtasis, de dolor.

Cuando el pequeño robot me despertó, hincó mi herida produciéndome un poco de incomodidad. Recordé  al anciano aun en el suelo , logrando notar algunas fotografias colgadas en la pared .

La gran amistad de mi padre con el anciano  desde mucho antes del inicio de la guerra. Ellos trabajaron juntos en la fábrica de  ensamblaje de partes robóticas;  las piezas  mandadas por  la gran potencia del sur a fin de contrarrestar los ataques por tierra de las milicias  que cargados con naves y tanques iban superando lo agreste de la geografía.

El anciano y mi padre fueron los primero en entenderse con los seres robóticos. Los  ponían en la vanguardia de la batalla a fin de reducir las bajas de los pueblos azotados. Como toda guerra, ahora viviamos años de una constante tensión. Entre incursiones de encapuchados que  preferían los cuchillos como un  goce despiadado a fin de ahorrar sus preciadas balas. Entre lapsus de calma se nos permitió utilizar a robots en trabajos agrícolas, que se familiarizaran con el paisaje, que fueran depositarios de historias de los más ancianos , ante el temor de ser olvidados por las generaciones. Dormían en las puertas de las casas. Algunos caminaban perdidos en los linderos de los pequeños valles, como venados impregnados de temor o curiosidad. En esta calma momentánea habían aprendido a no molestar o ser molestados. Eran consultados, pues al ser almacenadores de información, todos acudían a ellos para saber si alguna yerba era venenosa, si mirando al cielo podrían saber si se acercaba la lluvia; si podían descifrar algún mal sueño.

Descargaban ellos estos datos almacenados sólo al uso de los pobladores ya previamente  reconocidos, a fin de no servir al enemigo. Terminada las cuestiones se iban impertérritos  a caminar por el pueblo, esperando servir a alguien de algo.

 

3

Silvia había sido  arrojada por la pendiente. Antes los milicianos habían encontrado sus cabellos, su piel, sus ojos merecedora de deshonra. Rompieron sus ropas. Se permitieron darse un orden  y penetrarla sucesivamente. Otros cuidaron darse ante algún robot que se diera el lujo de actuar contra ellos. Ahogada con sus clemencias, pensaron en un primer momento que moriría ante tal brutalidad sexual, pero respiraba muy bien. Todos ellos ya a gusto  encontraban inservible su cuerpo. Raptarla y llevarla a su campamento sería muy arriesgado.  Arrestándola con pequeños y diminutos gemidos por sobre las hojas de menta, sobre la tierra húmeda, sobre infinitas hormigas, la lanzaron al precipicio. Una roca se interpusiera pocos metro antes de llegar al suelo, estallando su rostro como una fruta demasiado madura..

Fue encontrada espantosamente destruida. Algunos robots habían notado la entrada de los milicianos y reconstruyendo los videos captados, logramos ubicar su posición. Mi poblado me había exigido que por ser yo su amante fuera el que liderará una expedición y trajera a por lo menos uno de ellos para luego enterrarlo en la tierra, dejando sus cabezas libres hasta que por sucesivos caballos destrozaran sus craneos. Una restitución corpórea aclimataría  y daría tregua y valor a fin de reencausar  y planear un ataque más contundente.

Negado a cualquier actitud, había preferido ser yo la victima de tal restitución.

Sin mí, las tradiciones del pueblo a excepción de la venganza habían continuado ante la exaltación por la muerte de Silvia. Esperado el día  de luna llena, su cuerpo podría por fin tocar la tierra. Este contacto con la profundidad produciría el olvido de todos nosotros e iría haciendo diluirse el color de su alma impregnada quizás en nuestros sueños. La muerte para nosostros era un final total.

Al verlo  en el lindero de la puerta, recordé como el  anciano y mi padre compartieron  el gusto de reunirse en casa, de narrar historias que exigían al robot almacenar. Estaban ellos  muy ligados a las plantas, a las rocas, a los sonidos que muy pocos prestaban atención en este mundo. Aquella vez en que el anciano hacía referencia al mar en la cual existe la esperanza me agitó a mi corta edad. Se me viene a la mente su explicación frente a mi padre, acompañándose de sus manos en el aire para explicarse y  sus ojos iban rebalsando  lágrimas. Cuando supuse  tomar mayor atención, mi padre alcanzo las manos del anciano y  mirándolo con los ojos de  piedad quedaron en un silencio abrupto.  Ahora todo esto retumbaba en mi demacrada posibilidad de entender las cosas. Hice un esfuerzo para ser escuchado. Llamando la atención del pequeño robot que gritó el nombre del anciano.

-¿Dónde es ese lugar donde existe la esperanza?, le dije, sintiendo cuan pesada era cada vocal en mi boca.

-Descansa hijo, es necesario recuperarte. La cara del anciano se tiño de lúgubre desconsuelo, como aumentándole  diez años más desde la última vez que lo vi. Salió de la habitación y me quede con el robot.

-Dime robot ¿conoces el lugar llamado esperanza?

-Lo conozco; dijo sin antes haber suspirado hondamente.

-¿Qué de esperanzador tiene ese espacio?, pregunté.

-Puedes volver a la vida lo muerto

-¿Sólo Personas?

-Personas, animales, plantas, recuerdos, días, experiencias.

-¿Conoces cómo llegar? Me costaba cada vez dejar salir alguna palabras.

-Conozco la ubicación

-¿Puedo revivir a Silvia?

-Puedes.

-¿Existe algún impedimento?

-Que el cuerpo de la muerta no toque  la tierra antes de la luna llena.

-¿Puedes ayudarme a ponerme en pie?

-Puedo, pero no avanzaríamos ni cuarenta pasos y el anciano nos lo impediría.

-¿Cuándo  es la  próxima luna llena robot?

-Dentro de cinco días

¿Cuánto debo esperar para recuperarme?

-En cuatro días  albergarás alguna fuerza.

-Recuérdame  robot el día, susúrramelo.  No comentes nada a digas.

-Entendido

Déjame dormir robot.

 

4

Mi madre me había estado buscando. La vi en la casa del anciano y como siempre sus ojos lo atravesaron, haciéndolo un ente  trasparente. Ella fue directamente al robot. Increpándole de preguntas sacio su curiosidad. Me llevo a casa. Apoyándome en ella y del robot, miré al anciano que miraba a mi madre  como suplicante y nos alejamos rumbo a casa. Llegado a casa pregunté a mamá sobre su frialdad ante el anciano, y ella respondió como siempre lo hacía: ¿De qué anciano me hablas?

Muy de madrugada, el pequeño robot ingreso a mi habitación. Susurrándome me dijo: Estoy listo, es el momento. Me incorporé  es sus brazos fríos y salimos sin causar ningún inconveniente.

Le ordené robar el cuerpo de Silvia. Suspiró como si de aire viviera y se apresurar en conseguir el cuerpo. Yo esperaba mientras tanto en la arboleda donde solíamos encontrarnos por la tarde con Silvia. Recordaba cuando le  ayudaba a trepar con el fin  de conseguir algunos frutos rojos posibles en las  partes más altísimas; recordaba también la vez que  pude ver más allá de sus muslos, del intento mío de agachar la mirada, de negarme a observar sus muslos, del instante en la cual mi sangré invadía mis pómulos y aceleraba mi corazón. Consolada con algunos frutos en sus manos, descendió lentamente hasta tenerla a mi altura .Con algunos frutos en la boca, la bese y mi lengua busco algún rastro de aquella pulpa purpura, consiguiendo un fragmento.  Seguí buscando, rosando sus dientes, haciendo en algunos casos  de mi lengua un ente autónomo que saliese de nuestras bocas y mojara los labios hasta quizás llegar un poco de sus comisuras. El fruto rojo nos dejo manchados como si hubiéremos los dos utilizando rubor, como si hubiéramos devorado juntos  a un animal y tener estampados las huellas de nuestro crimen. Mientras tanto nos inmiscuíamos y nos ahogábamos entre respiraciones acompasadas.

Ella puso mi mano sobre su ombligo y como impulsándola, la dirigió al sur. La dejo hasta las finuras de su falda, como si yo tuviera que encargarme de aquella incompleta tarea. Pero mis manos sudadas y temblorosas quedaron  retenidas hasta una hirsuta aglomeración de vellos en donde me detuve y ella, conociendo mi indecisión la dirigió tenazmente a un ambiente húmedo y caliente en donde lejos de besarme, sólo atinó a mirarme y soltar pequeños gemidos. Tendida en el pasto, mis dedos se volvieron mi  primer sentido, distraídos por momentos al sentir su lengua mojando mi cuello donde ahora cenizas de hojas de eucalipto impedían que me desangré.

El pequeño robot la trajo envuelta y al notarlos salir  con esa luna que estaba a punto de completarse, me puse de pie y dirigí un poco recuperado el camino a la playa. Trátate de mantenerme distante al robot y al cuerpo. Sentía un no sé qué en la barriga que me pedía estrujar mis tripas y al mismo tiempo una sequedad tremenda en la boca.

Llegados a la playa, cogimos la barca de uso cercano, pues por disposiciones del pueblo nada moderno puede posarse en el lugar de cosecha de peces. Con el robot rompíamos ahora la regla. Mandé al robot subir él y el cuerpo a la barca. Ordené después narrase el lugar exacto a donde deberíamos llegar. Suspiro, como si iniciara un programa complejo en su mente, miró la bastedad del mar y las estrellas. Finalmente su boca expulsó  la voz de mi padre y del anciano es una conversación antigua en la cual discutían del lugar llamado esperanza.

-Explicame el lugar (voz de mi padre)

-Cinco horas, el mar unido al cielo, la luna dibujando sendas líneas  hasta hacer un gran circulo de plata. La sangre se entumecerá. Los peces  expandirán su fosforecencia. Deja el cuerpo , sumérgela. Los peces se sentirán atraídos del cuerpo, de la planta, del animal que deseas restituir a la vida. Se sentirá mucho más frio. Los mismos peces, florecentes  se alocarán, besarán el cuerpo. Reconfortarán su cuerpo, se harán cargo de ello. Saca la materia muerta , deposítala en la barca. Mantén un silencio y un rechazo a posar los ojos con lo vivo. No la toques. No caigas  en la tentación. Déjala en tierra, espera que sea vestida en casa. Luego podrás observarla a tu gusto.

Antes de guardar en silencio, volvió a suspirar. El robot remaba con una potencia inconmensurablo. Llegaremos en menos tiempo respondió, ante mi pregunta de cuánto faltaba. La luna llegaba a su cenit y yo miraba el rastro dejádo en el mar. Las burbujas se extinguían, morían. Todo a mi alrededor vivía y moría, ese equilibrio permitía conocer este momento, este ahora. Las palabras que utilizamos también están referidas a estos tiempos, seguramente con nuevas palabras conoceremos otras vidas. Más que las cosas son la manera como las llamamos, como tratamos de encerrarlas en nuestras cabezas. Silvia es una cosa que tiene sólo un nombre en este mundo, en este tiempo; si conociera su nuevo nombre, de seguro reviviría, se erguiría ante mi llamado en cualquier circunstancia.

Golpeada esta mi barca. Elevada está. Cuando las olas  rasguñan sus límites, están llegan a la madera y en su coyuntura todo es tan normal. Si te lo dijera: me siento saboreado, semi deglutido pero nunca expuesto a lo infinito del mar. ¡Acelera robot la  marcha! Mi sudor se confunde con algo de esta espuma; ella, amarrada a si misma  se goza en su indiferencia no-mortal, sin dolor. ¿Yo soy el único que tengo sentimientos que pueden ser nombrados en la embarcación?

Recostado cerca al cuerpo envuelto de Silvia, noté que al avanzar rompíamos  con una capa de hielo finísima del mar, parecía  a lo lejos una laguna inmóvil, y debajo de ello grandes peces, grandes medusas, grandes algas destellaban un color siniestro y engatusador. Observé un círculo de  pequeña dimensión y de mayor esplendor al de la luna y los peces. El frío  hacía que  castañearan mis dientes.

Ordené a robot diera un último esfuerzo hasta llegar al punto. Con el último impulso llegamos al punto luminoso. Conforme mire el cuerpo de Silvia, pedí a robot que la sumergiera en el mar congelado. Pude notar en el robot un brazo de su cuerpo desprendido por su potencia al remar a través del mar congelado.

Sacándose el brazo por la incomodidad, hizo ademanes de empujar el cuerpo de Silvia, tomándola por una de sus muñeca que al momento mismo desprendió un líquido hediendo. La fue sumergiendo. Noté el manto bien amarrado a su cuerpo, negándose a exponer el cráneo desecho .Al ir sumergiéndola en el agua, esta comenzó a generarse burbujas contradictorias a la frialdad del mar. Los peces realizando movimientos circulares ayudaban a desprender  la capa fría  alrededor de la embarcación. Ingresado el cuerpo como una pastilla de soda efervescente ante un vaso de agua, note a robot ingresar totalmente el cuerpo de Silvia y la única mano robótica  que le quedaba comenzaba a adquirir un color rojizo, como el del óxido. Con un miedo  al suponer partírsela la extremidad y quedar perdido el cuerpo de Silvia, se me vinieron las palabras de la grabación

que antes hubiera escuchado de Robot: Mantén un silencio y un rechazo a posar los ojos con lo vivo. No la toques. No caigas  en la tentación. Déjala en tierra, espera que sea vestida en casa. Luego podrás observarla a tu gusto. Puse mis ojos bajo la luna. Me planteé  la idea de sólo ver al satélite a lo largo de todo el viaje de retorno. Se notaba grandiosa nuestra diosa. El rostro que nos regalaba  era de aquel conejo lunar contemplando  aquella antinatural resurrección.

Escuché al robot decir. Esta listo. Sentí la tentación de verla. Unos sonidos como el de un pescado al ser capturado me consolaron. Seguí viendo obnubilado la luna. Y pregunté a robot si podía continuar remando. Puedo llegar muy cerca a la costa, me dijo, con esa voz sin entonaciones.

Muy cerca a la playa noté quebrado la mano del pequeño robot, siempre mirando a luna me coloque a lado de los remos e hice mi mayor esfuerzo para no posar mis ojos en Silvia mientras remaba débilmente. Logramos por fin llegar a la playa, donde un cúmulo de personas nos esperaba.

Un robot  había captado el hurto del cuerpo de Silvia en la madrugada. Ví a la madre de Silvia mirar sorprendida. Me apartaron tratando de ayudar a descenderla. Se alejaron. Caí rendido en la arena. Mi madre que se encontraba entre ellos me recogió y asombrada me susurró lo extraordinario de mi aventura. A partir de ti muchos con una muerte violenta podrán recobrar a sus esposas, hijos, hermanos. Me deje llevar por ella. El pequeño robot nos seguía a una distancia cauta.

Al llegar a casa note al anciano sentado en la gran meza del comedor. EL robot se le acercó. El viejo miró sus partes dañadas y  susurrando le dijo que  podía refaccionarlas. El robot asintió con ojos desconcertados. Mi madre  como siempre  ignoraba al anciano, como si su mirada desapareciera a un milímetro antes de toparse con cual parte de este.

El anciano  inspeccionado la mano oxidada del pequeño robot,  me dijo:

-No quise que fueras, pero sentí que tú podrías comprenderme. Sabes el por qué tu madre ni siquiera sabe que existo. Por qué en sus ojos nunca mi cuerpo tendrá reflejo ni sombra y mi voz sea siempre en sus orejas silencio puro; no poder ni siquiera sentir parte alguna mía.

Mi madre apareció de nuevo y quede sorprendido al ver como el anciano posaba su mano por sus cabellos y ella incólume seguía hablándome de cosas que olvidé.

-Sabes, me dijo el anciano. Hice lo mismo que tú. Escuché aquello  hace mucho tiempo de un pescador,

lo noté como un simple mito para estos tiempos. Incluso pregunté a mercantes, a marines llegados de lejanas tierras y me aseguraron existía el lugar, pero siempre noté en sus palabras con un todo osco y preventivo; sabían de su poder maléfico. (temblé) Es el simple olvido. (Tomó una pausa prolongada y continuó)Si bien no la tocaste, no la miraste, pero ella conocía tu aroma, tu olor. E ahí que pudo reconocerte y podrá eliminarte de su mundo. EL olor encierra un tipo de magia que no se disminuye con un simple baño. He tratado con miles de perfumes siendo imposible borrarme ese olor que viene desde mucho antes de nacer. Probé desde lo más execrable hasta lo más celestial. Yo ame a tu madre. Ella fue víctima de las primeras hordas, mucho antes que se hiciera oficial la guerra. La traje a la vida pero nunca más pudo reconocerme. Tu padre, mi mejor amigo, la tomo como esposa y yo no renegué de ello. Esa es la razón por el que me veías siempre estar en casa. Para mí era un cierto tipo de consuelo que  debía crearme.

El pequeño robot me miraba, parecía estar triste, como a punto de llorar .Sentí como mi cuerpo hormigueaba. Salí apresurado de la casa. Mi madre grito mi nombre y este se diluía al distanciarme más y más.

Llegue a casa de Silvia. Encontré a su madre que agradecía repetía: ¡Está viva! ¡Está viva! Miré a Silvia a lo lejos. El viento movía sus cabellos, la miré de perfil. Mucho más bella, más vigorosa. Me acerqué  poco a poco. Temblé al llamarla: ¡Silvia!¡ Silvia! Ella miraba el mar. Volví a gritar su nombre y fui a tocarle la espalda con un dedo. No encontré alguna respuesta. Di media vuelta y regrese carcomido por un tipo de muerte a casa.

5

El anciano ya había muerto algunos años atrás. Asistí a sus ceremonias de extinción. Silvia también fue. Llevaba en su espalda a un pequeño  que gorgoreaba las palabras. Quebrada por la partida del anciano al cual todo el pueblo conocía, se dejaba sostener en la pena en el pecho de su  esposo.

El pequeño robot también asistió; alejado del grupo ritual, noté , y quizás  al escribir esto me confundo;  verlo llorar patéticamente.

La necesidad de convertirme en ciudadano con derecho hizo que formara una familia. No amo a mi mujer, pero ella sopesa la soledad de haber sido muerto por Silvia. Mi secreta perversión hizo que me convirtiera en el mejor amigo de su esposo, logrando verla todos los días hasta esperar una muerte;  la de Silvia o la mía.

Fin

Por: Miguel Ojeda