Eros 4.1

La situación era compleja y simple.

No había nadie en la casa, el primer piso, estaba dispuesto a la exploración. Mariella,  conocedora del vacío, había planeado concretamente, el recorrido del tour. Muchas noches, había anticipado la situación, y ahora, teniendo a Pedro en las manos, podría disfrutar  hasta saciarse,de los vericuetos mentales en los que su fantasía intentó consolarse, poniéndola muy encendida de populus y generando una sequedad en la boca. Esa sequedad, que se disipaba cuando llevándolo al pasadizo, beso a Pedro y sintió que su dulzor labiales a fin de ir recomponiendose ante el histrionismo de gastar toda su energía.

El pasadizo, en el cual la habitación de Mariella se situaba,  miraba directamente al espacio ocupado por su tía. Mariella, recostó a Pedro, en un tapete felpudo que impediría el frío del suelo y la incomodidad del piso de un tosco acabamiento. Reclinó a Pedro, ella mirando la ventana de su tía, con afán, dando la espalda a Pedro, se sentó sobre él y dejó su cuerpo restregarse suavemente, haciendo que el miembro de Pedro se enredase con  la linea finísima que decoraba su propia intimidad. Ella soltaba gemidos con una predilección por la uh! en extremo. 

Pedro había preguntado.

-Estas segura que nadie va entrar o vernos

– Tu encargarte de ternal lista cuando. Yo ya me he encargado del resto..

Los cuerpos, por su forma simple de fricción aceleran los latidos y elevan  grados que permiten a los cuerpos fluir y adaptarse ante la cercanía inminente.

-Creo que estoy listo, dijo Pedro

Mariella, que tenía en las manos los preservativos, abrió uno, razgando la emvoltura con los dientes, como si de un dulce se tratase. Siento el lubricante químico y se lo dío, sin ver a Pedro, que algo descompaginado, logró colocarse, y notar un brillo platico que armonizaba con la erección.

-Estoy listo, le dijo casi susurrando.

Ella untó el miembro con una poca cantidad de saliva, busco a ciegas y siempre mirando la habitación de la tía. Nunca es bueno confiarse con nada se dijo.

Hizo un ademán con la muñeca que posicionará verticalmente y espléndidamente el miembro de Pedro y dejando libre el velo que permitiría el encuentro, levantó los muslos, sintió una cierta tensión, pero la excitación pudo más. Fue como si las partes se dieran un beso. No fue un ingreso directo, sino un simple roce zigzagueante, antes de saborear cada hendidura. Ella en un momento vio  la ventana, y las cortinas de la habitación de la tía sacudirse. El pavor se apoderó de ella, los muslos, las piernas le abandonaron por un segundo, y se dejó caer hasta que Pedró la penetrase y sintieran sus límites. El temor y  el éxtasis se conjuntaron, y ella se venció a la perversión de imaginarse observada gimiendo.. 

-Quieto, le dijo Mariella

 Pedro había cerrado los ojos y abría la boca como aspirando más aire, que inflace su ímpetu ubicado entre las piernas.

Mariella notó que las cortinas se movían a causa del viento y pudo retomar los movimientos verticalizados, claro que con la orden clara hacia Pedro.

-Mientras subo, elevame con tus manos.Tenme bien agarrada.

Había pasado mucho tiempo desde que se sintieron y el pasadizo por el cual algunos domingos Mariella a solas escuchaba a los vecinos discutir y otras escuchar música alta, ahora era el escenario de  las voces trémulas y casi sufridas de ambos. El tecleteo de la piel golpeada, a forma de aplausos mientras Mariella devoraba a Pedro subiendo y bajando. Qué es el temor de ser descubierto ante lo liviano  de no pensar y sólo dejarse ser.

En ocasiones, la ropa íntima impedía ver a Pedro ingresar hacia ella, deseaba hacer uso de sus manos, pero Mariella que recordaba esos detalles, esporádicamente, estiraba las tiras, las sacudía entre su piel y le preguntaba en forma de ruego a Pedro si le gustaba:

-Así te gusta?

Ella, apoyada de brazos en los muros miraba la ventana y deseaba que alguien la mirase, que vieran no sólo su tía,  si pudiese todo el mundo su rostros descomponerse  ante el movimiento, como sus senos  se salían de la ropa íntima y se sacudían, vibrando y estimulandola en un sentido imposible de comunicar a cualquiera.El ejercicio extenuante era bien preciado, pues comenzaba a sentir hormigueos que se instauraron desde el centro mismo del vientre y se repartían a todas y cada una de sus partes, ella conocía ese sabor, ese sentido, esa sensibilidad. Se llamaba orgamos, pero para ella era su propia pertenencia con sigo misma.Lo conseguía sola, pero es indescriptible encontrarlo con otra persona. Su orgamos se elaboraba y ella aullaba y gemía, viendo a la ventana como si fuera la luna, deseando que alguien más constatara y se sintiera bien con su placer.

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