En un mes de Abril

La capilla del colegio estaba inundada de estudiantes, que a las diez de la mañana encontraban congoja del frío en los cirios encendidos cerca del altar, en donde figuras de yeso de San Juan Bosco y María Auxiliadora; esta segunda, sin unos dedos por un accidente de traslado, se exhiben y custodiaban una gran mesa  en donde se realizaba el rito eucarístico. Los estudiantes entraban, desde un espacio libre exterior en donde el infinito cielo azul de Huancayo, resaltaba a la luna que merodeaba en lo andes, en un frío que corroía los huesos de los estudiantes en sus congeladoras, llamadas salones de clase.

Se acercaba el mes mariano, y ciertamente no existía una obligación directa sobre ciertos procesos purificadores en los cuales los estudiantes deberían de sufrir a fin de contemplar el veinticuatro de mayo en la gracia de un año más, dentro del círculo celebratorio salesiano.

Muchos de los alumnos, mis compaãneros, encontraban eficaz el proceso de confesión pues se ahorraban tediosas clases de alguna materia repetitiva, entre los docentes, muchos de ellos al límite de la capacidad de ejercer la docencia y que atormentaban y demostraban en la cara de algún estudiante su disconformidad por  esta generación y seguramente por las que vendrán. Nos imaginaban  en una guerra hipotética con Chile,donde al final nunca recuperaríamos Arica, Tarapacá  ni el Huáscar. Éramos unos vagos y viciosos. Dormilones y bueno, en el mes de abril, eramos casi hijos de  satanás.

Éramos chivos expiatorios de una congregación, un grupo sin escapatoria, que no podía intentar si quiera ir a los baños,quedarse en los salones o fingir algún dolor, para nosotros esos días sólo existía la confesión. Para ello, había resultado beneficioso los comentarios de los más antiguos estudiantes, que animaban coger la fila más amplia en la cual se encontraba un viejísimo sacerdotefranciscano que invitado, a duras penas podía ponerse en pie y que de tiempo en tiempo entraba en un sopor radical. Nosotros mirabamos su rostro a lo lejos como la llegada al purgatorio, un ni ̈ fu ni fa¨. Mis compañeros acercándosele, golpeaban  la madera de sus sillas, esperaba recobrara un poco el vigor, abriera los ojos  e intentara entender que nos deciamos.La mayoria de mis compaãneros reducían al mínimo la voz, característica muy huancaina al hablar, y haciendo previamente una  lista condensada de pecados y el padre, extenuados por el sueño, participar en aquella pantomima .Cuando suponía él haberse terminado  la confesión, íbamos frente de la imagen de la virgen o de el santo, arrodillandonos, cumpliendo su típica penitencia: treinta y tres avemarías.

Hacíamos todo lo posible por alcanzar un puesto con aquel sacerdote franciscano. Contra ello, existía un hermano de la congregación que arreaba y dirigía a su antojo a los alumnos para no sobrecargar al anciano cura. La siguiente opción era ir con aquellos sacerdotes polacos que radicaban en la parroquia de Pio Pata. Ellos, aún no muy familiarizados con el español, se les podía torear utilizando mucha jerga y bajando de igual manera el volumen de la voz. En aquella ocasión, yo intenté ir todo menos a los sacerdotes del colegio, que a su vez impartían clases en el colegio. Yo había sido testigo de bromas indirectas de mis compañeros  en clase, cuando el sacerdote  los miraba y les decía: Entiendo Cardenas, por ello cuentan eso en las confesiones. Que nos helaba la sangre y nos hacía sonreír desencajados con nuestros trece o catorce años.

Intenté por todos los medios, pero este  se vio eclipsado. El hermano que dirigía las filas, me mando con el director del colegio. Un sacerdote espigado, narigudo y con un olor de lana mojada. él había sido cambiado hace un año de un colegio Arequipeño, pero su formación había residido en Chile, en tiempos, creo ahora de la dictadura de Pinochet. 

Todos nosotros recordábamos tiempos anteriores, en donde un sacerdote español, con ciertas nuevas tendencias de moral cristiana y social, que ahora  también entiendo. Nos dejaba libremente venir y entrar del colegio. Las puertas del colegio siempre se encontraban abiertas, pues él decía que la libertad es ante todo lo que más añoramos. No existía un uniforme establecido. Incluso muchos de mis compañeros venían con pijamas, con el cabello ensortijado, con los ojos lagañosos, pero con la valentía  de llegar y llevar las clases. Para él , todo era más importante que un distintivo, que una insignia. Claro que estallaba con la tardanza, y con su acento español retumbaba el colegio al mayor vestigio de pérdida de tiempo. Imparcial con la reforma de la caligrafía de cada estudiante del colegio,  era un sumo juez ante la curvatura de las vocales, de la erre bien delineada. Fue mi generación la que salió de aquel colegio con una letra lindisima, pero sin casi nada que contar.

Este narigudo sacerdote, que lo reemplazó, trajo consigo uniformes, agendas, horarios y un resguardo en la portería. Desde su llegada apareció el término ¨tardón¨ y amonestación, y si se reiteraba, lo cual era casi siempre mi caso, una llamada a  los padres y una rutinaria conversa con las autoridades del colegio.Una pérdida del tiempo total, claro que con su jalón de orejas ya en casa, por la vergüenza perpetrada. 

Asolado por la confesión próxima, me aferre a mis ardiles confesionales. Siempre deslumbrar al oyente con generalidades y lapsus de silencio.Cosa que el sacerdote arequipeño no toleraba. Ante mi respuesta de: Padre he pecado en el sexto mandamiento y también no hago mucho caso a mi madre. Venía la respuesta clara y concisa de el cura:

– Detengamonos en el sexto mandamiento, especificamelo-Decía.

A pesar del frio andino, mis manos comenzaba a sudar.

-Me he tocado padre, en mis partes.

¿Porqué te has tocado?- decía el sacerdote.

-No lo sé, sentía muchas ganas- le decía.

-Pero las ganas no vienen solas. Que has estado mirando-Decía el sacerdote cerrando los ojos.

-Televisión, padre, solo televisión. Casi tartamudeaba.

-No habrás visto cosas sexuales por internet.Ustedes acostumbran entrar a páginas pornográficas, y luego eso les incita a tocarse.

-No padre, solo fue la televisión.Dije.

-Qué pasaba en la televisión?. Preguntó.

-Pues, creo deportes.Respondí.

-¿Deportes femeninos?.Inquirió

-Creo que sí.

-¿Qué deporte?

-Volleybol, estaba viendo el campeonato de voleibol.Sentía que mi voz ridícula, cursi.

-Y qué veías de ellas?

Aquel momento, la respiración, la sudoración, me hacían en verdad pedir a la Virgen me perdonase. Que me rescatará de tal suplicio. Que se eliminara todo lo que decía de la cabeza del sacerdote,  pues al día siguiente tendría clases con él y sería horrendo mirarle a los ojos, e inferir que esperaba hiciera alguna travesura para dibulgarlo todo.

-Sus cuerpos, padre. Dije y comencé a sollozar.

-Ves, no sólo es un sexto mandamiento.Los ojos , el cuerpo.Hay que saber educar la mirada.Me dijo.

-Ya te has tocado alguna mujer?Preguntó de nuevo.

-No padre.

¿Te has masturbado muchas veces?

-No padre.Dije casi con la voz ahogada.

¿Qué sabes sobre ello?

Recuperé en algo la voz, pues tenía otro personaje a quién involucrar en mi confesión.

-He escuchado al profesor de literatura,  decir que nosotros venimos cansados por tres motivos: Por que nos desvelamos viendo televisión, no comemos bien o nos jalamos la tripa. Luego pregunté a un compañero y me dijo que era eso de sobarse, de masturbarse. 

-Entiendo, expiró.-medita, educa tu mirada-.Finalizó. Puso sus manos en mi hombro, rezaba en pos de  mi salvación. Sentía su voz trémula, casi moribunda.  Por mi parte, sentí que había muerto un poco.

Me dirigí donde se encontraban las figuras del santo y la auxiliadora. Me avergonzó tremendamente  la estatua, dirigiendo mi cabeza al suelo. Intuí como algunos compañeros se arrodillaban y pedían perdón en una voz tenue. Algunos lloraban y hacían sonidos estrambóticos con las narices.

Cerré mis ojos, e imaginé  el perdón de la Virgen. Me abrazaba y a lo lejos se acercaba su hijo Jesús. Animándome a seguir.Me sentí más católico, más santo.

Se fue estabilizando mis latidos y regresé a la ancha banca de madera donde me encontraba con mis compañeros que ahora se mantenían taciturnos y con los ojos enrojecidos.

Llegué hambriento a casa, con un cierto malestar y acidez estomacal que me perseguiría toda la vida. Pero liviano, santificado. Subí a la parte alta de la casa, miré las demás casas. Al vecino regando las plantas, a una anciana tejiendo no sé qué junto a su nieto que jugaba con la arena dejada  a mitad de la construcción. Miré el cielo, y mi fije en la luna navegando en el infinito. Respire profundamente, incluso me dieron ganas de hacer las tareas, la santidad me energizaba.

Al dirigirme a mi habitación encontré a mis dos queridos gatos,fríos, muertos y llenos de una  masa viscosa que salía aún por sus bocas.Era la primera vez que ví a unos gatos envenenados. Mi madre me  advirtió que la vecina le señaló en torno de broma y de advertencia, que unos gatos  había logrado entrar a su cocina, y que si continuasen, aplicaría el remedio que  no le fallaba: Veneno para ratas en pedazos de carne.Traté de todos los medios contener a mis gatos no deambular por los tejados, pero su naturaleza, impidió  el artificio de la vecina.

Bajé, cogí una gran piedra del suelo.Mire directamente a la ventana de la vecina.La arrojé con toda mi furia. Quebré su gran ventana y mande al diablo mi santidad. El sonido apavoró a los vecino, a los perros circundantes y se me salió una lisura que me parecía sacrilegio en la boca del sacerdote español:

-Me cago en la virgen y en la Cruz de Cristo!

Desde esa vez, dudo muchas veces en tener un gato y en la eficacia de la confesión.A pesar que la terapia tiene cierto parecido. Lo voy notando ahora.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s