La Pena de Alfonso

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Minha casa não é minha
E nem é meu este lugar
Estou só e não resisto
Muito tenho pra falar*

Fernando Brant

Las lluvias de verano arrastran ramas, que caen muy circunstancialmente ante los automóviles. Algunas veces destruyen craneos y muy pocas veces se llevan a un niño no conocedor del ventarrón , que debajo del copo de un gran árbol furioso que sale entre las calles de Belo Horizonte, presume lo resguardará por momentos. La lluvia reducida a lapsus pero con unas estrambóticas fuerzas, rompe paraguas, y en la mañana, mientras tomo el bus al trabajo veo cuan tan acostumbrados salen al centro de la ciudad. La gente se acopla, el ómnibus suda por dentro. La gente carcome un disgusto de lunes y otros mastican el consuelo de viajar y no estar, conectado a un aparato diminuto. Poco conozco de estas personas, muy pocas me han sonreído en el trascurso de este mes. Creo que a partir de las doce de la mañana los mineros, como son, salen a la luz de las horas e intentan hablar hasta sofocarse entre ellos mismos. Yo atento me consuelo con descifrar algunas palabas, en ver lo dificultosos de una persona obesa al traspasar el filtro mecánico que permite ingresar totalmente al ómnibus. Nadie habla, no existe la radio dentro. Un silencio sepulcral, y la gente risada, maquillada hasta con un centímetro de productos, salen y se dispersan.

Vuelvo a repetir, mi permanecía casi invisible, me permite analizar cosas que para ellos son necesarias que sean estáticas.

Ayer por ejemplo, extrañaba el libro de Dante que deje a medio leer. Me arrepentí llegar cansado, no tener ni fuerzas para comer. Y enterrando entre remordimientos lo que imaginaba sería mi vida de escritor, me rebalse de  melancolía y los sancudos vienen a succionarla.  Pienso y recuerdo lo que he leído sintiéndome tan desactualizado, perdido, analfabeta, en un grado de estupidez límite. Y con la congoja me levanto, presumo que el agua me restablece, me miro al espejo y cuentos como aumentan los pelos blancos en mi barba. No escribo, no leo, pero en el bus completo las historias que nunca pude terminar de leer. Consuelo de tontos escritores.

2

En vida en esta ciudad es un juego contra la gravedad. Hay que ser fuerte para no ser poseído por esa fuerza que determina que estés inmovilizado. Y todo lo quieto, se pudre y fructíferan gusanos, gusanos blancos, instantáneamente. Todos los tenemos desde que venimos a la vida. Siento este poder gravitatorio en la estación de buses, tangentes del viaducto. Los mendigos transitan pesadamente, o se dejan caer, los bichos están en ellos como en nosotros. Pero mucho más latentes, comenzado a degustarlos. Algunos luchan barriendo sus espacios de una manera conmovedora, pero los gusanos se ven en sus ojos. Los árboles que se encuentran en los alrededores crecen más verdes, al desintegrarse ellos en su paso trajinoso , la tierra, las raíces salvajes los van buscando como conductos para restablecerse. Esas grandes plantas de la Plaza Siete, son mendigos ya adormitados que se elevan en nuevos tallos y flores que tratan tontamente de superar algunos rascacielos.

 

3

La avenida Alfonso Pena, tiene cierta agilidad, tiene un proceso, un sistema. Trabajadores consumen sus cafés, se mueven para alcanzar un ómnibus, van comenzándose a hablar. Los mendigos casi se susurran. Incluso pueden hasta gritar. Los trabajadores añaden lo que el deniega el insuficiente idioma y se apoyan con sus manos, con sus ojos. Los estudiantes mastican injustamente una rutina que va entrando a modo de juego. Los viejos, quisieran gritarles ¡abandonen todo! ¡No estudien! ¡No hagan lo que se supone!, ¡aléjense de esta calle! ¡No aprendan a sumar y menos a restar!, ¡no revivan con el futbol o el carnaval! Pero callan por la vergüenza de haber sido cobardes en sus tiempos. Los jóvenes presuponen y asumen que así debió ser. Cogidos a los asientos del bus, revisan compulsivamente noticias en los aparatos implantados en sus manos, los ancianos se consuelan con el paisaje y ponen cara de circunstancias. Y es Alfonso Pena regular, real, una avenida real que, germina, crece y decrece a lo largo de la vida. Aquí por el trajín del trabajo, la muerte solo rosa a los caminantes. Los gusanos blancos quisieran salir por sus zapatos. Pero los trabajadores y estudiantes obnubilados por los relojes de entrada y salida del trabajo o la escuela, logran zafarse y mantenerlos prendidos a sí mismos. Las plantas son pequeñas. Las palmeras equidistantes deben un cuidado de muchos años, y es cosa de la alcaldía mantenerlos. El cemento y los pisos irregulares, son las huellas de hombres que mirándose a los pies se preguntaron si había otra opción.

 

4

Yo bajo en Plaza Tiradentes. No hablaré de los condominios, de los espacios sofisticados en donde la gente ha logrado no moverse pero aun así no morir por los gusanos. No es un espacio, es un no lugar. Lo artificial y lo tecnológico permite perpetuarse y hacen de las casas, bellos artilugios de cristal muy grueso. Los arquitectos fantasearon en hacer bellos ataúdes de exagerado cemento, y el hedor de esa laguna es insoportable.

No conozco, pero tengo la certeza que no es lo más alto del recorrido.

He sentido lo más alto, observando a las hormigas gigantes, o descifrando figuras en el cielo decolorado. En una noche escuchando conjuntamente a las cigarras, las cataratas, las piedras moverse, hasta en el brillo de las estrellas, en las cavernas secas, allá en el interior, en el desierto verde fuera de la ciudad. En hablarme lo necesario y sin adornos de un desconocido.

El bus no sé si llegará, si la tracción de su motor permite subir la montaña, aligerarse. Ahí no existe gravedad, estoy seguro y los gusanos tienen sus propios gusanos en potencia. Allí abajo, en la Rodoviária y aquí en Alfonso Pena se intenta un orden, copiado; allí, arriba donde fructífera el caos incomprensible para nuestros ojos con la capa del tiempo, el horizonte tiene un fin, lo bello es escalofriante, horrible para esta realidad.

* Mi casa no es mía
 Y ni e mío este lugar
 Estoy sólo y no resisto
Tengo mucho que hablar

 

Por : Miguel Ojeda Huaynalaya ; abril en Belo Horizonte.

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