Leidenschaft

 

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Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.

Génesis 2:7

No requiero escrribir este escrrrito. A lo más, podría condensarse en una especie de divagaciones silenciosas en una habitación completamente oscura en donde   lo más  importante en ese momento sea el sonido de las patas de los millones de insectos, que no observamos por su pequeñez, pero como Dios, están ahí. Este fragmento que deberá tomar algunos minutos condensar, hacer aquel juego de asimilarlo en tu mente, amoldarse en tu pensamiento, no debería existir. Los recuerdos son una gota en al cual se condensa todas las posibilidades. Mi historia es  una minúscula materia que posee gravedad y es en el texto donde por ahora tiende a caer repetidas veces. Estas palabras por si mismas son los fenómenos de su expresión más vulgar. Ni el mejor escritor podría describir los hechos, llegar  hacia alguna esencia, rascar ni si quiera la piel del entendimiento. Porque el en centro, en lo más cercano al yo de una anécdota, está la oscuridad fría de la sinrazón.

Yo me veo libre, pues ahora soy polvo. En esta gran sala en la cual resido ahora. Pues en este estado de polvo sólo es la visión y el silencio de mi yo y el mundo. La celda en la cual pase más de treinta y cinco años, fue peculiar. La libertad debe ser comunicada. Soy libre y sigo comunicándome con migo mismo. Soy libre pero  soy preso de mi pensamiento. Soy eternamente condenado a mis palabras que en las pesadillas, porque aún se sueña en mi condición, tiene otro efecto, más purificador. A veces me conmuevo con la palabra, por ejemplo digamos: burbuja. Si llorar en mi estado de polvo es moverme menos con las corrientes de aire, he caído pesadamente en mí mismo, disgregando más polvo. Pero cuando era hombre, y no polvo. La palabra, sigamos con la misma: burbuja, tan raramente salió de mi boca.

No comentaré porque estuve apresado. Fui condenado justamente. Una vez vi una entrevista a una anciana, preguntándole sobre aquella cosa que extrañaría más en el mundo al morir. La viejecita contesto señalando el cielo que serían las estrellas y el pasarse el tiempo buscando alguna forma en ellas. Esa anciana, tan distante de mí, probamente en una ciudad lejana por su modo de hablar, se parecía a mí. Dos cosas fueron las que me quebraron el corazón al ingresar a la celda: no ver más las estrellas y no saber si ya había muerto aquella anciana por la que hubiera dado todo por conocer. Existen muy pocas personas que valen querer en el mundo.

Esa celda húmeda olor de perro mojado, lo comento pues tengo el poder de sentirlo con mi nariz- ocasionaba que estornudara hasta taparme las orejas, hasta producirme jaquecas, hasta casi explotar las venas de mis ojos. Bueno, aquella celda tenía una gran filtración en la pared que a nadie le interesaba a pesar de mis continuas quejas. Esta, con los años, recuerdo que fuera en el año quince en mis cuentas, quebró una gran parte de la pared. La celda informalmente construida en la ladera de una pequeña montaña, me permitió  en unos días, casi fueron tres semanas, ilusionarme el imaginar quizás que se pudiera expandir más y más hasta que finalmente  pudiera escapar. Tantos años encerrado y tenía una ilusión. Soñaba con la anciana continuas noches.

Pasaron meses y la filtración continuó, haciéndose un gran agujero en el cual pude entrar casi a la mitad. Una noche intente traspasarla y desilusionado me di con la montaña, aun más húmeda.  El carcelero me dijo sarcásticamente, que  si quería podría seguir escavando, que el mismo me daría una pala para el trabajo. Esa noche me soñé como un ratón dentro de un gigantesco queso.

La consistencia de esa montaña me llamo la atención. Arcillosa y de un color tenuemente rojizo. Pasaron unos dos años hasta que se me ocurriera arrancar un gran pedazo y otros meses más para espaciarlo en mis manos a modo de juego y sentirlo en mis  dedos. Al año de interesarme  por la arcilla, comencé a hacer pelotitas, cuadrados, pequeños triángulos. Recuerdo al lector que fue ese único pedazo arrancado el que utilice  siempre.

Su liviana magnitud en mis manos me permitió hacer paulatinamente cruces, cilindros. Formas básicas que fueron deviniendo en cosas mucho más complejas. Nubes, pequeñas cucarachas que entraban en mi celda. Algunos otros insectos que nunca sabré  sus nombres. Finalmente extraer de aquella memoria de preso formas humanas. El carcelero encontró una vez a un pequeño niño hecho en mis primeros intentos. Sorprendido pidió se lo regalara, o que hiciera otro para él. Opte por romperlo y dejarlo consternado.

Años que reacia las mismas formas con ese pequeño pedazo de arcilla. Miles de personas que tenía en mi memoria. Mascotas que tuve, hijos, esposa, madre, abuelos, amigos. La persona que maté y por la cual estaba encarcelado. Años y años haciendo figurillas. Los carceleros que cada cinco años iban cambiando seguían asombrándose por  mi trabajo. Incluso el alcaide al ver la calidad de mis trabajos pidió mostrar mi talento al ministro. Negándome, tomaron fotos de ellas pero nunca permití acercarse a mi pedazo de arcilla. Quebraba, las pulverizaba y volvía a comenzar. Ofrecieron  replantear mi condena si hacia el trabajo fuera de mi celda. Pero sabía que  el mundo había cambiado tanto como para integrarme a ella. Que la anciana ya había muerto. Era otro mundo, los hombres eran una especie que  ya no podría entender.

Los últimos años, y a cuestas un mal respiratorio me impidió incluso sentarme en el suelo donde acostumbraba trabajar, echado en cama ahora recreaba toda mi memoria en las formas. Plantas, la forma de las olas del mar extinguiéndose ante una piedra. La luz en la mañana ante el lomo de un perro; el cielo atravesado por una ave solitaria. La forma del miedo de una hormiga al ser pisoteada, la alegría de una anciana por haber olvidado todo. El dolor de un ceramista condenado a hacer figurillas.

Nunca había logrado hacerme a mí mismo con la arcilla. Extraviada era mi forma, mi rostro. No pude verme en el reflejo del agua en aquella tasa casi completamente oxidada, en el plato de madera  donde recibía mis alimentos. Pero una mañana me soñé  observándome en un gran espejo pulido hecho de arcilla. Pude levantarme a duras cuestas esa mañana. Recordábame mi rostro, mis manos, las venas de mi cuello, los lunares de mi espalda; la caries en uno de mis dientes. Realice mi trabajo. Terminada mi obra,  la acerque a mí, sople levemente en ella, dejándola finalmente puesta en la mesa. Al poco tiempo comencé a asfixiarme y caí al suelo, ahogado, morí viejo, sintiéndome liviano.  Ahora lector, el tiempo se bifurca aquí. Un segundo de oscuridad y soy el muñequito, puesto en una vitrina en una gran museo. Discuten si usarán las mejores técnicas para mantenerme  por varios años. Al fin,  una mujer experta señala que cualquier intento de mantenerme por más tiempo sería mi desaparición. Me colocan en un cubo de  vidrio revestido. Viajo, llegó a  otro gran museo. Muchos hombres me rodean, toman fotos, me señalan mientras susurran. Pero voy desintegrándome. Cada partícula soy yo y soy tan pequeño que es posible salir de la urna de vidrio que me contiene. Vuelven  los expertos a ver como me extingo como un reloj de arena. Plantean nuevas técnicas de conservación. Pero sigo deshaciéndome. No instantáneamente, pero los años corren. La mota de polvo que ha intentado contarte la historia es una de las millones de ese fragmento arcilloso que pudo salir y flotar, una  que cautiva a artistas, a personas comunes, a los extras de toda historia. Esa partícula de arcilla que por ejemplo entro a  este escritor melancólico para intentar narrar algo. De seguro en otro escribano la historia hubiera tenido un matiz distinto .Quizás se diría en su escrito que es el carcelero  y no el preso el que quedo retenido en la cerámica. O ser contado con un tamiz humorístico entre dos amigos en medio de una gran ciudad, o en la forma en que un niño cuenta su pesadilla a su abuelo a fin de calmar sus temores. ¡Bah! , incluso en un joven creando la trama perfecta de un nuevo videojuego.

Dibujo: Miguel Ojeda Huaynalaya

Autor: Miguel Ojeda Huaynalaya

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