Dick

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Volví a ver a Maurice  en el Bar Grimm. La lluvia  se precipitaba muy de tarde en la ciudad. Yo había logrado preverla antes de las tres de la tarde y preparándome,  salí a empaparme en ella.  Muchas veces surtía el efecto de apaciguar mi día entre el escritorio, la habitación, correos electrónicos y libros apilados. El trabajar por ciertas horas o por cierto número de respuestas electrónicas es a veces agotador. Trabajo en algo que es un poco complicado de explicar, siempre lo resumo en algo así como especialista informático pero en realidad mi labor es de consejero sexual virtual por internet. Max, un compañero de la universidad y yo logramos crear un tipo de plataforma virtual que brindase ciertos consejos  a jóvenes que salían de la pubertad. Con algo de ingenio y pareciendo  en ciertas partes  paternales e interesados, respondíamos  preguntas como: ¿Podía quedar una mujer  embarazada si el semen de su pareja había sido sólo regado en la ropa interior pero sin penetrarla?, ¿era bueno bañarse después de menstruar? Ciertamente modificábamos en algo la información de otras fuentes haciendo parecer la consulta más íntima. Ello nos brindaba un centavo de dólar por cada visita, gracias a los anuncios de sex shop o lugares auspiciosos donde hacerse un aborto, y otro centavo más  por la respuesta modificada en pocos  minutos. Creemos no ser los únicos que nos aprovechamos de ellos en  esta época.

Como conté, esa tarde había mandado el último consejo mío a una tal Cristina. Ella en frases cortas y siempre unidas con puntos y comas; muy extraña forma por cierto; me pedía recomendarla sobre  las posibilidades de quedar embarazada si sólo se dejaba penetrar una sola vez. Debo ser sincero, presto a salir  y empaparme con la lluvia, tome muy ligeramente el mensaje y  respondí su imploración con  una simple advertencia: que sea sólo  un breve lapso de tiempo y a partir de ahí podrían entretenerse de diferente manera y de seguro no pasaría nada. Mucho tiempo después me enteré de su embarazó, pero digamos eso es otra historia. Lo que voy narrando  va por otro camino y  lo anterior, digamos es como lo que siempre me pasa cuando quiero centrarme en algo, comienzo por contar lo que deja a mis acompañantes con los ojos bien abiertos y  buscando que palabra dirigirme después de soltarlo. Aquí  lo importante es la historia dentro de la historia. A mí me pareció bueno empezar con la lluvia  pero no he comentado que pasó con Maurice.

Bueno a Maurice lo vi en el bar Grimm, colores negro y rojo, Pantalón y polera; cabello recostado y una bufanda oscilante que por el lado derecho casi llegaba a su cintura. Lo conocía desde niño. Habíamos logrado ser muy buenos amigos hasta el incidente Dick. Así lo escribí en mi diario de pequeño, así sonaba la voz  maléfica en mis pesadillas, así lo sigo soñando, así sentía que escucharía el llamado de la muerte al olvidar quizás mi nombre: Dick. En mi archivo mental,  en los físicos también  pues tengo una carpeta con dibujos, poemas, canciones, historias  en donde la palabra Dick es el tema principal en mis terapias a mis  veintisiete años y el lugar quizás más escondido pero importante de mi biblioteca. Sé que como Maurice eso nos une y nos separa eternamente.

Recostado en una esquina del bar con los pantalones chorreados y con el abrigo empapado. Vi a Maurice acercarse, cotejar las distancias, las personas, los colores, creo que siempre hace eso cuando entra a un lugar, tiene algo de decorador de interiores en sus ojos, y me ve. Típica mirada concreta pero vacía. Me ve y no me ve. Yo lo miro siempre como rogando un saludo, preguntándole con los ojos ¿no fue real que nos conociéramos?

Dick fue una historia inconclusa, sin final porque nadie quiso terminarla. Maurice  huyo de mí sin antes escupirme en la cara y patearme los empeines. No recuerdo el dolor, sólo que un poco de mi murió ese día.

Con Maurice nos unía la aventura, los dientes  ausentes y muy chuecos y el distanciamiento de los padres que en ese tiempo no la asumíamos como una necesidad, era una soledad paterna nada notoria, casi ficticia que la olvidábamos cuando nos ubicábamos en la escuela y  después del colegio donde se aprovechaba más para pasear por el bosque, por el pequeño riachuelo Ganzini. Era el Ganzini nuestro lugar. Ahí fue que encontramos a Dick, un pequeño bagre que atrapado en un pote de pepinos para luego ser llevado a casa de Maurice, en donde con la venia de su padre, compramos un pequeño acuario donde reposase, fue prisionero de nuestra curiosidad y nuestra fraterna compañía.

Por ser Maurice quien comprarse el pequeño depositario de vidrio y yo el que lo había logrado capturarlo. Nos turnamos cada semana en tenerlo. Creo que compartíamos  la necesidad  y la desesperación de que pasase rápida cada uno su semana para ir como una flecha a casa del otro y traerlo como un gran trofeo ganado. En esos tiempos fue que comenzamos a reunir todo lo que en base a Dick  había logrado. Los fines de semana tirados en alguna sala de alguna casa, no recuerdo ahora bien, traíamos todos los lápices de colores y contemplábamos a Dick a fin de que quedase grabado en nuestra mentes y que con algo de sincronización nuestras manos las proyectasen su figura en el papel. Ese lado de Dick  que se repetía por ambas partes. Las escamitas que destellaban ciertas semejanzas con el arco iris. No sólo fueron los dibujos, si no tomamos a Dick como depositario de nuestros  cuentos. Maurice  escribió, recuerdo  mucho de su cuento con algo de temor de lo que hubiera pasado si en otro tipo de mundo  un gran Dick pescase  a dos niños en un gran Riachuelo como el  Ganzini. Así pasaron tres meses y por acuerdo, llevamos a Dick a la escuela, presentándolo a los demás compañeros. Dick era todo para ambos.

Una vez el padre de Maurice nos dio una gran charla sobre la Dick y sobre quizás su deseo de retornar al Ganzini. Creo que lo dijo previniendo algún día verlo muerto, y ahorrarse una gran charla sobre la vida, la muerte y todo ese rollo que ahora lo sé. Nunca averiguamos cuanto vivía un pez como Dick, pero de todas formas estuvimos de acuerdo con el papá de Maurice. Serían las dos últimas semanas  con Dick. La iniciaría Maurice, terminándola yo.

II

Siempre hago señas a Maurice cuando entra al bar Grimm. Sutilmente levanto la mano, hago formas en el aire. No existo para él, no hemos dejado tampoco la misma ciudad. Eso me una poca de esperanzas.

La última semana con Maurice, Dick estuvo como siempre, siempre estaba como siempre. Pero era Maurice  el que cambiaba de opinión y pedía por todos los medios que esa última semana, la que correspondía a la mía, se quedase con él. Recuerdo como lloró  al irme con Dick a casa. Al día siguiente vino a visitarme, más tranquilo e insistiendo menos sobre llevárselo a Dick. Juntos hicimos las últimas cosas motivadas por Dick. Tres días antes de dejarlo libre en el Ganzini, Maurice cayó enfermo de Sarampión y tuvo necesariamente que guardar cama, a pesar de contener una desesperación por ver a Dick mandó una carta una carta posponiendo la despedida y acepte complacido, teniendo a Dick más cerca unos días más.

Un día antes de la despedida, recibí la llamada de Maurice preguntando  por Dick. Quedaba con migo a las tres de la tarde y salir junto con su padre  dejando a Dick como habíamos acordado. No sé qué fue lo que pasó por mi cabeza ese instante, pero digamos que las desgracias también se revisten de un gran o tonto ingenio. Es así que saque al pequeño Dick de la pecera. Lo puse dentro del mismo frasco de pepinos curtidos que lo habíamos capturado. Colocado en la mesa  fui en búsqueda de la cámara de papá. Esta sería su última foto en casa, recuerdo. Dejándolo por descuido a Dick en el lindero de la meza  subí los escalones, verifique los cajones hasta hallar la antigua cámara de papá bien ceñida a su estuche de cuero, bajé con una sonrisa  y chocándome con esa escena que  se repite cada vez en  mis pesadillas, que se repite eternamente, conjuntamente con el código Dick. Era el gato moteado de la Anamaría. El minino empujaba el frasco hacia el suelo y la partía instantáneamente haciendo volar las partes de vidrio por los aires, Dick volaba, era el único pez que he visto volar en mi vida, para luego caer. Creo que nos miramos con el gato simultáneamente a los ojos. Definiríamos en segundos quien se quedaría con Dick. Ese segundo fatal y definitorio al cruzar sus ojos verdes y los míos marrones o como miel, como dice mamá, fue en que tiré la cámara contra el moteado felino presto a capturar a Dick inclusive en el aire. Un estruendoso maúllo se escuchaba en la casa y libre del gato me quedaba con Dick en las manos. Lo ilógico se presenta en los momentos más cruciales, ese fue mi momento, mi más grande caída. Tomé a Dick en las manos y no encontrando donde ponerlo pues su pecera estaba en mi habitación, fue que succioné lo poco de agua que se esparcía en el suelo y ¡oh!, es lo más tonto lo sé, metí a Dick a mi boca y salí corriendo  rumbo a la pecera. Lo demás ha sido la cuestión central de mi terapia. He concluido que Dick no quiso irse o que yo no quise verlo libre. La cuestión  fue que casi a punto de llegar a su pecera Dick se movió, se encabrito, dio giros en mi boca en búsqueda de lo que no me he respondido y en vez de forzar la salida de mi boca, acepto su funesto destino atragantándome y casi a punto de morir con él en la boca. Tragué a Dick casi como para salvarme o quizás también para protegerlo. Lo demás ya lo saben, una amistad destruida, el fin de mi otro yo, el fin de  Dick o bueno como lo  siento no tanto. Esto lo he ido aprendiendo yo mismo, y creo que Dick no ha muerto,  una respuesta vaga y tonta que me ha permitido continuar. Sé que bien podría olvidarse estas cosas, pero creo que debe pensarse hasta agotarme para por fin olvidarlo.

III

Mi intento de tener la atención con Maurice ha vuelto a fracasar, salgo del bar a la lluvia, abro bien la boca, dejo que la lluvia llene mi boca y voy tragándola así sea muy ácida, la trago una sola vez y siento que Dick se mueve dentro. Cuánto hubiera querido contar a Maurice que Dick, nuestro Dick se ha movido cuando la lluvia lo ha bañado. Otro día de lluvia será.

Riux Naej.

 

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